Los Ángeles, ciudad de las estrellas

Ella no tenía planeado este viaje, de hecho tenía muchas ganas de volar justo al otro lado del mundo. Por eso no sabía, aún, todo lo que se iba a enamorar de esta parte del planeta.

Y entonces llegó a Los Ángeles y lo entendió todo. No paró de ver sitios que sólo había visto en películas  -y en su versión más moderna, en fotos de Instagram, por supuesto-. El primer día desayunaron en una de las cafeterías que tantas ganas tenía ella de ir, el famoso Carrera Cafe; pasaron de ver el cartel de Hollywood desde todas las perspectivas posibles, a caminar por encima de las estrellas de sus actores preferidos por el paseo de la fama, para después ver LA desde lo más alto en el Observatorio Griffith.

Qué perfecto se ve todo desde allí, y qué necesario es a veces parar a ver la vida con perspectiva. Como si estuviésemos en un mirador -en el Observatorio Griffith, por ejemplo- fuera del bullicio de la gente, dándonos cuenta de lo pequeño que es en realidad ese mundo que nos rodea y que muchas veces no nos deja ver más allá de él.

Ella ya estaba casi convencida de que se quedaría en esa ciudad a vivir casi para siempre. Él le decía que esperase a ver San Francisco (en los próximos posts).

Pasaron la tarde en el muelle de Santa Mónica entre carteles de ’66, End of the Trail’, atracciones, puestecitos de colores y música con vistas al mar. Esperando a que cayera el sol y que el cielo se llenase de naranjas y morados. Dibujando corazones en la arena. Comparando la furia del Pacífico con el calmado Mar Mediterráneo de casa.

Y se hizo la magia,

y ellos se rindieron ante aquello.

*fotos del atardecer sin retocar.

– Buenos días – dijo él.

– Buenos días, Los Ángeles – contestó ella más emocionada si cabía que el día anterior.

– Hoy empezaremos por Beverly Hills. 

– Tengo el mejor guía del mundo.

Beverly Hills era como meterse de lleno en la película de Pretty Woman. Con sus tiendas de lujo, hoteles que las acompañaban, coches que sólo había visto en sueños, y calles más que preciosas mirases donde mirases. Ese día decidieron ir en busca de paredes llenas de arte, y creedme, encontraron muchísimas. Corazones de colores, California Dreaming, alas blancas, la famosa pared de The Beverly Hills Hotel, y una gran variedad de ellas.

Y sin más, caminaron -en coche y muchos kilómetros; para que os hagáis una idea, LA tiene un territorio como de Valencia a Alicante- rumbo a Venice. Venice, ¡me muero de ganas! -pensaba ella. Venice es un espectáculo en plena calle; desde gente patinando, a los mejores skaters que ella había visto en su vida, cámaras filmando películas, videoclips o todo lo que hayas visto en cualquier película americana, hasta policías paseando con un café en la mano (a los que os gusten las series policiacas entenderéis lo que emociona ver esto en persona).

Terminaron cenando en el restaurante preferido de él, The Cheesecake Factory, en una terraza con vistas a los barcos de la Marina del Rey, comiendo nachos con guacamole y bebiendo Coorslight. Hablando de lo que les quedaba por delante y de lo que se dejaban en LA. Y es que viajar es un continuo echar de menos, y en eso coinciden los dos con los ojos cerrados.

– ¿De verdad tenemos que irnos mañana de esta ciudad que me ha robado el corazón entero para siempre?

– Sí, pero es para empezar la ruta 66.

Continuará…

PINNAHANA TRAVELS.

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