Otoño en Frankfurt

¿Qué tiene el otoño?

Hasta hace más bien poco siempre he pensado que el otoño era la estación más triste del año. No porque le tuviese especial manía ni nada por el estilo, simplemente lo hacía por descarte. El invierno lo asociamos directamente con la navidad, y aunque a mucha gente no le guste nada esta parte del año, a la mayoría nos recuerda a momentos en familia, a compartir historias interminables alrededor de una mesa camilla con brasero debajo, a elegir (niños, tapaos los oídos) quién hará de Papá Noel este año, y a reencuentros de esa otra familia que se elige.

La primavera es todo alegría. No hay más que salir a la calle después de ese invierno frío, y ver como todo el mundo empieza a estar eufórico porque el buen tiempo ha llegado por fin. Hasta la naturaleza se alegra al ver a esta estación, y podríamos decir que está más bonita que en otra época del año. Y en verano, pase lo que pase está todo bien. A todos nos posee un sentimiento de “cerrado por verano” independientemente de que estemos o no de vacaciones. Salimos hasta las tantas, no nos perdemos ni una de las cervezas que nos proponen, vamos al cine, a la playa, a cenar, a no dormir, al chiringuito o donde haga falta sin remordimientos.

En verano todo vale.

Y entonces, me quedaba el otoño. En el que volvemos a esa “nuestra realidad”, a la rutina de estudiar, de trabajar, empezamos el gimnasio de nuevo, nos proponemos comer más sano, y otras cosas varias. Como si fuese un segundo enero. Y era lo que me llevaba a pensar que estábamos ante la estación más triste del año. Pero, un momento, y ¿todos los colores que el otoño deja a su paso qué? Algunos son muy visibles, como los árboles de color amarillo mezclándose con los marrones y verdes que vimos por todo Frankfurt, o las hojas cayendo de éstos y creando una alfombra por los pasillos del Jardín Botánico. Otros no lo son tanto, como volver a ver a tus compañeros de clase, la motivación de empezar un nuevo curso, de que esta vez sí te tomarás en serio el cuidarte más, volver a ese restaurante que tanto te gusta al lado de casa, o el simple hecho de tumbarte en el sofá sin pensar “hace muy buen tiempo y es verano, qué haces aquí”.

Y es que muchas veces no nos paramos a ver esos colores, que aunque diferentes son tan bonitos como los que solemos encasillar como tal. Porque cada estación de año, cada lugar, cada persona tiene sus propios colores que no lo hacen indiferente.

Solo hay que saber mirar,

y más importante aún,

ver.

Y esto es lo que me ha enseñado esta pequeña ciudad de Alemania.

Römerberg (visitar el ayuntamiento, la catedral y museo histórico). Y donde además hay puestos de salchichas con niveles de picante, para los amantes de éste. Cuenta la leyenda que nadie ha llegado al último nivel.

Paseo por la orilla del río Meno.

Puente Eiserner Steg (si os gusta, podréis poner un candado con vuestro nombre).

Al otro lado del puente está el que fue mi restaurante favorito de Frankfurt, Adolf Wagner, donde probamos el vino de manzana tan típico.

Vistas desde la Main Tower de noche (aquí).

Jardín Botánico de Frankfurt (aquí).

Pasear por las calles de tiendas cuando empieza a anochecer, desde Hauptwache hasta Konstablerwache.

Food Truck de la plaza Konstablerwache donde probar los típicos Bretzels.

La parte financiera de la ciudad (parada Willy Brand Platz), donde si sois amantes de las hamburgueserías podéis comer en Die Kuh Die Lacht (aquí). No os olvidéis de visitar La Bolsa de Frankfurt con el toro y el oso en la puerta del edificio representando el alza y la baja de las acciones.

Alter Oper, una de las óperas más antiguas de Frankfurt.

PINNAHANA TRAVELS.

Leave a Reply

Social media & sharing icons powered by UltimatelySocial